viernes, 3 de junio de 2011

1ª carencia: falta de colaboración interdisciplinar

Los maestros hacen su labor o su propia “guerra”, llamadlo como querais. A veces con el soporte de la dirección de las escuelas, a veces sin ella.
Una de las batallas de las guerras propias de los maestros es la detección de dificultades de aprendizaje. Y, generalmente,  suele ser batalla ganada: a base de años, experiencia y diferentes diagnósticos en la mochila, los maestros ven la primera semana un niño y cazan al vuelo el 99% de las dificultades. 
Propongo una pequeña lista de dificultades de aprendizaje elementales y que seguro están en todas las aulas de Infantil y de Primaria, sin más soporte que el maestro de aula, a saber:
                -Trastorno por déficit de atención (con o sin hiperactividad).
                -Dislexia
                -Discalculia
                -Dificultades auditivas
                -Dificultades visuales
                -Trastornos varios de la conducta

Imposible no verlos. De verdad.

Una vez detectados hay que hacer algo con estos alumnos, básicamente con dos intenciones: que reciban ayuda especializada para mejorar su trastorno y que alcancen el nivel de conocimientos esperado en niños de su edad. Y aquí topamos con los EAP.
En mi experiencia, los EAP dicen no estar para estas “cosillas”, ellos están para los grandes temas: retrasos madurativos, trastornos del espectro autista, sindrome de down o de x frágil o parálisis cerebrales, por poner un ejemplo.
Pero el maestro no puede adaptar su metodología, los contenidos o los criterios de evaluación sin una justificación médica. Es decir, sin un diagnóstico.
Venga pues, damos el disgusto de nuestra “intuición” a las familias y les pedimos que sigan el camino del calvario:  pedir hora en el pediatra, esperar la cita, acudir y presentar estudio de los departamentos de orientación de los colegios (cuando los hay) con la intención de que deriven a nuestro alumno al neuropediatra (en mi entorno, con una espera de entre 18 y 24 meses). Muchas familias se rinden. Algunas van a consultas privadas. Pero los EAP sólo admiten diagnósticos ciertos de facultativos de los servicios de salud públicos.
Últimamente, en mi entorno, se están detectando unos 4 casos por aula (alguna vez hasta 6), entre hiperactividad, déficit de atención y trastornos de lectoescritura o dislexias y discalculias varias.
Al ritmo de atención propuesto por los “asesores” de los maestros (es decir, los EAP), esos niños llegan a 6º de Primaria y con suerte, en ese último curso, se les hará un diagnóstico válido. Pero sólo con suerte. El resto, seguirá su camino de fracaso y frustración hacia la ESO y hasta cumplir los 16 años.  Y los asesores, sin asesorar.
De paso, el resto de los 21 o 22 alumnos compañeros de éstos, ven como su aprendizaje se ve interrumpido o perjudicado por las necesidades de sus compañeros (imaginad, los que nunca habeis estado en un aula, que en mitad de una explicación un niño caiga de la silla porque no puede parar quieto, o que interrumpe continuamente la clase porque no encuentra ninguno de los materiales que necesita, o que se levanta y empieza a tirar por el aire los materiales de todos sus compañeros, o que hacer una suma le puede ocupar 1h entera cuando los demás la han resuelto en 2 minutos…)
Por cierto, nos comentan que  cada vez será mayor la prevalencia de estos diferentes casos.
Como conclusión de esta primera carencia de nuestro sistema educativo os diría que un maestro que detecta una dificultad de aprendizaje pasa a ser un maestro frustrado.  Todo el posible avance que se pueda lograr con esos alumnos será a costa del trabajo “contra los elementos” de los maestros  y del sacrificio de sus compañeros.

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