Mostrando entradas con la etiqueta administracion. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta administracion. Mostrar todas las entradas

viernes, 23 de diciembre de 2011

Cero defectos

Ayer, la Generalitat de Cataluña reconoció como error una acción que ha afectado a miles de funcionarios y a trabajadores con nómina delegada (por ejemplo, profesores de la educación concertada). Ellos dicen que fue un error. Lo reconocen, piden perdón pero no lo subsanan.

A lo mejor les vendría bien algún conocimiento sobre Kaizen, en este caso aplicado a las Administraciones Públicas.

Una de las estrategias del kaizen pasa por la búsqueda del llamado “cero defectos”, concepto que a priori pone los pelos de punta, especialmente a aquellos que defienden (más a menudo de lo deseable) el “todos nos equivocamos” y ahí se quedan. Mucha gente cree que es imposible. Muchos creen que es muy difícil. Pero en el camino es donde se va encontrando la excelencia.

Os propongo 9 ejemplos de lo que sería nuestra vida cotidiana si admitiéramos como buena una fiabilidad del 99,99%, con lo que muchos ya creerían que se está rozando la excelencia (o lo que es lo mismo, 100 partes por millón –ppm- de errores):

-Cada mes, durante 5 minutos, nuestros grifos nos darían agua no potable.

-Cada semana, un aterrizaje o despegue en el aeropuerto parisino Charles de Gaulle, acabaría en catástrofe (52 al año).

-Cada hora, Correos perdería 100 cartas.

-Cada día, 1500 cheques serían descontados en cuentas erróneas (datos de Francia, donde el cheque es medio de pago común).

-Cada semana, en los hospitales habría 5 cirugías mal hechas.

-2000 recetas médicas erróneas cada año.

-Cada semana, 2 recién nacidos morirían.

-Cada día, los cajeros automáticos tendrían 120 errores en las retiradas de efectivo.

-Y, para cada uno de nosotros, 1 mal latido del corazón cada día.

Así pues, ¿nos parece bien un 99,99% de acierto? ¿A las Administraciones Públicas también? ¿Y a cada uno de nosotros en nuestro trabajo?

miércoles, 14 de diciembre de 2011

¿Cuanta diversidad se puede atender?

Ayer tuve el placer de asistir a una charla en la que participó –entre otros-  Gregorio Luri. Se trataba de los “niños muy movidos”, presentando diferentes acercamientos, desde la neuropediatría y con los datos iniciales recogidos en una investigación longitudinal sobre niños que se está llevando a cabo en diferentes zonas de España desde hace varios años.

Al final, intervenía Luri. Y una de sus primeras frases (entre otras muchas joyas, seguro que conocidas para quienes le siguen) fue que a ver si nos estábamos volviendo todos un poco locos con tanto síndrome, para acto seguido preguntarse “¿cuánta diversidad se puede atender en el aula?”. Aquí creo que varios maestros presentes tuvieron que contener una lágrima de emoción.

Y su argumentación siguió, defendiendo que hay quienes se llenan la boca de integración cuando lo único que se está haciendo (y gracias a que el alumno en cuestión no es conflictivo) es tenerlo “arrinconadito”, haciendo tareas repetitivas y sin sentido, pero que no interfieren en el ritmo normal de la clase.  Y yo me sumo a este punto de vista: sesudos administradores o asesores, con poco zapato y voz gastados en clase, no quieren oír los problemas que representa intentar una integración sin medios. Los profesores que lo sufrimos sabemos que muchas veces se está apartando a un lado a los niños a integrar, que sus compañeros no se relacionan en exceso con ellos (salvo que los obligues), y más a partir de Ciclo Medio – aproximadamente-  porque no tienen ni intereses comunes, ni les gusta entretenerse con lo mismo, y porque un niño de 9 años no tiene porqué frustrar siempre sus gustos y aficiones a favor de las de otro compañero.

Si en una familia un niño se hace cargo de su hermano menor (deberes, estudio, horarios…), se considera que podríamos estar ante un caso de negligencia de los padres (1r nivel del maltrato); pero esos mismos administradores se emocionan cuando te explican lo educativo que es que un niño de 5, 6 u 8 años acompañe y ayude a un compañero con alguna dificultad. ¿Hipocresía? ¿Monos sabios?

A lo que iba: que administradores y asesores tienen suficiente con creer que están en el aula y que no hay problemas. Eso ya te lo compran como integración. Pero los demás, y los maestros que lo viven saben que no lo es. Y algunas familias lo sospechan.

Cada vez somos mejores detectando casos. Las dislexias ya no son “niños sin interés por el colegio”, la hiperactividad ya no son “niños maleducados y descontrolados”, el déficit de atención ya no son “niños distraídos y sin motivación”, las discalculias ya no son niños “de letras”… Se detectan y están en el aula. Y tienen que aprender, les tenemos que ayudar. Pero un profesor contra 6 casos (conozco situaciones de 6, con dos trastornos del espectro autista –TEA- entre ellos) hace que el profesor, sin más recursos, no tenga ninguna posibilidad de ganar el partido.

No son malos profesores los que no pueden gestionar toda esta diversidad. Es la situación la que no es adecuada. Y se necesitan más personas.

Y hay que decirlo.

NB: Por cierto, y de paso, hoy ando algo encendida con un proyecto presentado en las noticias en Catalunya sobre un proyecto que mostraban como apasionante e innovador, de talleres en los institutos para enseñar “educación y buenas maneras” (no hablar con la boca llena, usar los cubiertos, no bostezar sin taparse la boca…) y que prevén ampliar a más centros el curso que viene. ¡Por favor! ¿De verdad justo ahora era prioritario?

miércoles, 28 de septiembre de 2011

No ver, no oir, no decir.

Empezaré aclarando lo que sé: sé que voy a hablar de niños con algún trastorno, síndrome o enfermedad, sé que son niños y sé que sus actos no son voluntarios ni tienen la intención de dañar. También sé que están amparados por los derechos que amparan a todos los niños, entre ellos el derecho a la educación. Todo eso lo sé.

Una vez aclarado, explico que estoy hablando de menos de un 1% de niños escolarizados en educación Primaria, junto a más de un 99% de niños que no padecen esos trastornos.
Hay niños que agreden. A sus compañeros y a los profesores que tienen a su alcance. Seguramente a sus padres y hermanos también.

Como tienen derecho a estar escolarizados, están en una clase junto a niños que normalmente son bastante pacíficos (a parte de algún empujón o alguna patada jugando en el patio).

Las agresiones pueden ser escupir repetida y abundantemente a los otros niños que, normalmente, no se vuelven. Algunos lo aguantan estoicos porque intuyen que eso no es “normal”, otros lo viven con miedo.

Pueden ser patadas o puñetazos, en cualquier parte del cuerpo de los otros niños o de los profesores. Niños y profesores que acaban llenos de moratones, en el mejor de los casos.
Pueden ser empujones por unas escaleras. Pueden ser lanzamiento de objetos, de diferentes materiales y consistencias.

Puede ser la utilización a modo de estilete de las tijeras escolares.

Algunos compañeros acaban en el hospital. Pero entonces ya hace días que profesores y dirección de la escuela ha dado la voz de alarma a la administración educativa, eso sí, con discreción. A veces, los EAP se interesan por el caso.  Tras reiteradas demandas se puede conseguir que la administración ponga a una persona con la única función de reducir al niño que agrede y sostenerlo tratando de evitar que siga dañando a los otros niños. Pero esa persona acaba también lesionada.

Algunas familias se quejan, asustadas. Algunos de los compañeros de ese niño tienen pesadillas. Las direcciones de los centros solo piden a las familias que tengan paciencia y que no alcen mucho la voz. Algunas familias ni se quejan.

La administración no quiere oir hablar de que hay niños en riesgo físico y aluden a los derechos del niño agresor. Piden a los profesores que no personalicen los ataques del niño sobre ellos mismos. Tampoco quieren oir que los profesores/ maestros trabajan en situación de riesgo físico.  Los sindicatos, por cierto, tampoco.  Pero el hecho es que hay profesores y niños dañados.

Los derechos de el otro más que 99% de los niños (incluido el de recibir educación) no representan nada. Van cada día al colegio sabiendo que:
  • Serán agredidos
  • Verán cómo agreden a sus profesores
  • Dejarán de tener clase muchos minutos al día.
Y algún padre del otro 99% de los niños decidirá que su hijo cambiará de colegio, dejando atrás su entorno conocido, sus hábitos y sus amigos. Única salida.
 
Y la administración mirando hacia otro lado. No ver, no oir, no decir.